21/08/07

Sombras en la Noche

"Hereje no es quien muere en la hoguera, sino quien la enciende."

José Saramago, portugués premio Nobel de literatura.

Mi nombre es Kira y soy vampira. Ya he olvidado el nombre que tuve cuando yo era una mortal común y corriente. Mi infancia transcurrió normalmente en una aldea de la Europa medieval, pero al llegar a la adolescencia, mi belleza inspiró envidia entre otras mujeres, y hasta concuspicencia en hombres. Poco antes de mi mayoría de edad, alguien me acusó de brujería, aprovechando la presencia de un Tribunal de la Inquisición en un pueblo vecino. Durante varios meses, fui interrogada y aunque mi culpabilidad nunca fue establecida, no me asistía la presunción de inocencia del derecho moderno, y me condenaron a morir en la hoguera. Hasta pasé la última noche de mi niñez y toda mi vida atada a la estaca, sin comida ni agua, para "meditar, orar y reconciliarme con Dios", después de todo, iba a morir virgen.

Poco después de medianoche, vi sombras moviéndose, y solamente creí que era una alucinación provocada por el hambre, la sed y el cansancio. Pero se acercaron a mí, vestidos con capuchas, y los confundí con los monjes de Santo Oficio, supongo que sería para oír mi última confesión. Estaba muy débil para responderles con una insolencia y les supliqué:

- ¡Padre, hermanos, ayudadme! Por lo menos, dadme un poco de agua...

Uno de ellos se acercó con un vaso y lo bebí ávidamente, pero cuando me di cuenta de que no era meramente agua, ya era tarde. El líquido era cálido, nada refrescante, con una mezcla de sabores muy extraños, y me hizo sentir más sedienta. El hombre me preguntó:

- Hija mía, ¿quién pudo haceros esto?

- ¿No lo sabéis, monseñor? ¿Acaso no sois monje del Tribunal...?

- No lo soy. Soy un viajero de una comarca lejana. No sabía que estos cristianos todavía hiciesen sacrificios humanos.

- ¿Sacrificios? ¿Qué decís, milord? Esos pecados solamente los cometen los paganos.

- ¡Pobre niña, es tanto lo que aún ignoráis!

Me dispuse a aprender rápidamente, ya que a mi mente vinieron imágenes increíbles, como de un pasado remoto, mezcladas con sucesos recientes. Al principio, pensé que seguía delirando, pero estas visiones me trataban de decir muchas cosas en muy poco tiempo.

Pronto, me sentí intranquila y uno de los viajeros me comenzó a decir:

- ¿No sentís algo especial? Como una nueva fuerza...

- ¡Sí, mi señor, siento una fuerza nueva!

Repetía yo mientras luchaba contra las sogas, sin poder soltarme. El encapuchado me dio otro poco de su elíxir y rompí las cuerdas cono si fuesen de papel. Me maravillé de lo que yo acababa de lograr, y le miré fijamente a los ojos, y le entregué mi alma. Me preguntó otra vez:

- ¿Dónde están los que os dejaron así?

- Están en la iglesia del pueblo.

- Llevadnos hacia ellos, para enseñarles una lección.

Mi corazón flotaba, porque estos me brindaban la oportunidad de vengarme. Yo caminaba muy aprisa y ellos me siguieron. Casi no sentía el suelo bajo mis pies. Al llegar a las puertas, un monje me reconoció y trató de impedirme el paso con mucha altanería, pero yo lo golpeé y fue a estrellarse contra las puertas, derribándolas. El líder de los viajantes observó:

- ¡Qué gentileza, al abrir la puerta para nosotros!

- ¡Ja, ja, ja, ja!

Todos rieron y yo también. La risa me sonó tenebrosa, pero no me dio miedo, sino un placer morboso. Proseguimos y cada vez que se nos interpuso un monje o soldado, los que me acompañaban los lanzaban hacia los muros con fuerza sobrehumana. Eso me dio mucha satisfacción. Pregunté:

- ¡Cuán fuertes sois, señores! ¿Acaso sois soldados?

No respondieron, sino que siguieron luchando. Ni siquiera se escabullían, sino que deliberadamente se enfrentaron a todos los que defendieron el recinto. Por fin llegamos al gran salón donde se dijeron tantas calumnias acerca de mí, de cómo yo invocaba al Maligno y efectuaba hechizos de los cuales nunca tuve ni idea. Los caminantes tuvieron a raya a todos los ocupantes del monasterio, y a algunos, los alzaron en vilo, haciendo gala de su poder. Procuraban causarles mucho dolor y pavor, pero evitaban matarlos muy aprisa. Dos de mis acompañantes tomaron por los brazos al abad que sirvió como mi juez, lo despojaron de su sotana y lo acostaron sobre una mesa. El cabecilla me dijo:

- ¿Es éste el que os puso allá afuera, para que las bestias salvajes os devoraran?

- ¡Sííí...!

Respondí yo, embelesada porque, de repente, el monje me pareció como un manjar apetitoso.

- ¡Demostradle lo que se siente!

Y yo me abalancé sobre él. Su pene estaba erecto, porque él sintió algo más que terror. Y yo se lo miré y decidí que sería lo primero que devoraría. Abrí mi boca, ya como las fauces de un lobo o león y mordí hasta arrancarle su miembro, y me lo tragué de una vez. La sangre del abad brotaba a chorros y yo la bebí como si fuera agua fresca. Luego mordí más partes de su cuerpo, hasta llegar a su cuello. Ahí me pegué, y entonces, mis dientes se convirtieron en colmillos y atravesé su yugular para acabar con la última gota de su sangre. Cuando me sacié, miré a mi alrededor y vi cómo mis camaradas le habían hecho lo mismo a los otros inquisidores. Entonces me di cuenta de mi transformación. En ese momento, dejé de ser humana. El jefe de los vampiros se dirigió hacia mí y me felicitó:

- ¡Bien hecho, hija mía! ¡Habéss hecho justicia esta noche!

Y de pronto, él me mordió. Me sorprendió un poco, pero no me dolió. Yo lo mordí, y él soltó una carcajada de placer. Todos los allí presentes le hicieron coro y nos mordimos unos a otros, ya no como agresión, sino como un juego. Fui besando y mordiendo, y pronto todos quedamos desnudos. Muchas manos acariciaron y hasta arañaron mis pechos, muslos, posaderas y vientre hasta mi canal virginal. Labios, lenguas, dedos y penes se alternaron en mis cavidades y conocí por primera vez los placeres de la carne que los monjes pretendieron negarme. Al llegar al clímax, yo exudé alguna de la sangre que bebí, hasta que sentí un cansancio inesperado, como somnolencia. Estaba amaneciendo. Entonces, mi amo nos ordenó:

- ¡Pronto, a la cripta!

Nos apresuramos hacia el sótano de la abadía, y al descender, los hermanos colocaron maderos pesados en la puerta para impedir que alguien entrara. Finalmente, fui perdiendo el conocimiento...

Al despertar, era el atardecer, y destrancamos el sótano para salir hacia el bosque. Sentí hambre y sed, pero continuamos camino hasta alejarnos del convento, y tras internarnos donde nadie más nos pudiese encontrar, pregunté qué me había pasado. Mi señor contestó:

- ¿No entendéis aún de lo que se trata? Buscad en vuestro interior...

Y entonces, las imágenes volvieron a mi mente, pero ahora la historia que me relataban era muy clara para mí. El nombre de mi redentor es Ivor y ahora yo soy su esposa. Supe mi nuevo nombre y hasta percibí cómo mi clan adquirió este don, esta maldición. Fue un hechicero, aprendiz de druida, y cierto sacerdote de la antigüedad se le apareció y le reveló su secreto para la inmortalidad: cierta pócima, uno de cuyos ingredientes es la sangre humana, era capaz de sanar cualquier herida que sufriera, no importa cuán grave, pero a cambio, producía nuevas vulnerabilidades: nuestras heridas no se podrían cerrar hasta que el arma se nos fuera arrancada totalmente, y aunque no moriríamos aún perdiendo toda nuestra sangre, permaneceríamos inmóviles hasta recobrarla. La luz solar nos irrita mucho, y lo primero que perdemos es la vista, dejándonos muy indefensos, pero ni aún así, moriríamos, al menos, no de inmediato; de hecho, la agonía es indescriptible cuando los rayos solares nos abrasan. Por todo lo demás, somos prácticamente invulnerables. Por cierto, las estacas de madera, al soltar astillas, retardan mucho más nuestra regeneración.

Por siglos, asolamos muchas aldeas y algunas ciudades, matando a inocentes y culpables por igual. Los pocos que sobrevivían, vagaban hasta encontrarse con nosotros y los juzgábamos, a ver si eran dignos de unírsenos o había que darles la paz de la muerte. Algunas veces, los mortales lograban encontrar nuestros escondites para vengarse de algún ataque reciente, y aunque pocos eran capaces de enfrentarnos en igualdad de condiciones, también sufrimos bajas. Otros clanes competían contra nosotros por controlar cierto territorio, y las batallas entre los nuestros fueron verdaderamente formidables, ya que cada uno conocía las fortalezas y debilidades del oponente. Cierta vez, le dije a mi amado:

- Estoy cansada de sobrevivir así.

- ¿Tenéis miedo?

- A vuestro lado, nada temo, mi señor. Es solamente que me pesa destruir vidas inocentes.

- Es nuestro destino...

- Pero, Amo, cada vez que veo a uno de los pequeños, me hace recordar cómo yo me sentía cuando vosotros me encontrásteis, tan vulnerable...

Ivor se iluminó con una sabiduría insospechada, y respondió:

- ¡Tenéis razón, mi amada! No tenemos derecho a causar a los mortales el sufrimiento que ellos nos ocasionan. Podemos vivir sin sangre humana, aunque ya no seremos tan poderosos. Pero poder vivir en paz tiene su encanto...

Emigramos de esa comarca, y ahora, acechamos a ciertos individuos, no para devorarlos, sino para hacer alianzas discretas. Nos proveían sangre de ganado, obtenida de mataderos, y a cambio, efectuamos labores difíciles y hasta los defendíamos cuando otros vampiros y mortales los amenzaron. Un clan que tuvimos que combatir era el del antiguo amo de Ivor, el hechicero Gorath. Nuestro cambio de actitud lo encolerizó mucho, y me culpó por haber ablandado el negro corazón de mi adorado. Su verdadera intención fue volver a adueñarse del alma de su discípulo, y yo no lo permití, porque con él, descubrí el verdadero amor, y por eso, sé que mi Maestro es capaz de verdadera bondad. Repelimos al clan maléfico tras una batalla encarnizada. Cuando Ivor quedó vulnerable ante Gorath, yo lo contraataqué, y al clavar mis fauces en su cuello, lo debilité lo suficiente hasta que mi líder se repuso y echó lejos al agresor.

Tras el incidente, más imágenes venían a mi mente. Rituales paganos, incluso sacrificios humanos, y hasta recuerdos de cómo el antiguo mago desarrolló el elixir mágico. Hasta conocí nuevos ingredientes, pero no los revelé a mi clan por el momento. Pronto llegamos a la era moderna, y ya en el siglo XX, nos asimilamos a una vida nocturna más acelerada, en la cual interactuábamos más con mortales sin que ellos sospecharan acerca de nuestro secreto. Nos contrataban como guardianes nocturnos en clubes, discotecas, bancos y museos; hasta como guardaespaldas de artistas y gente adinerada, mi atractivo me hacía idónea para esa función, siendo yo bella pero peligrosa.

Tras un incidente en que unos mortales pandilleros nos atacaron y nos causaron serios contratiempos, incluso la muerte de un guardaespaldas humano, me di cuenta de que ya nos hacía falta el poder completo. Pero asesinar de nuevo me era inaceptable. Poco a poco, me di cuenta de la sustancia que nos devolvería nuestro vigor: las hormonas humanas. Por eso, infundíamos tanto terror o ira en nuestras víctimas antes de tomar su sangre. Pero hay otro ingrediente que produce un efecto similar: las secreciones que se producen durante el acto sexual son ricas en dichas hormonas, y las emociones que hay que provocar en ellos no son en modo alguno desagradables ni horrorosas.

Ivor me amonestó tras mi fracaso y determinó que yo no estaba capacitada para esa clase de labor. Así que hizo que nuestro patrono me reasignara a proveer seguridad en salones de baile, donde las peleas no serían tan violentas. Comencé a observar a los clientes y vi las prácticas sexuales que realizaban al amparo de las sombras, casi se parecían a las orgías que realizábamos tras una cacería humana exitosa. Pero apenas teníamos sexo entre nosotros, excepto en parejas, como yo misma con mi alma gemela, Ivor. Era más caricias y besos, aunque aún nos arañábamos e intercambiábamos sangre. También sentíamos orgasmos y eyaculábamos, también sangre en vez de semen.

Una noche, seguí a una pareja hasta su escondite favorito y vi cómo la mujer mamaba el miembro al varón, y luego él eyaculó en su boca. No lo pude ver pero olfateé el aroma penetrante, y luego vi cómo él le recipirocó. Las secreciones de la hembra se derramaron en la boca del macho, y también despedían un olor característico. Busqué en mi recuerdo del ataque a Gorath y supe que tenía que probar yo también. En pocos días, me armé de confianza para invitar a un individuo solitario, y él creyó que yo era una prostituta, y me ofreció dinero, porque él también tenía deseos de sexo esa noche. Recordé que las otras damas de la noche suelen cobrar veinte dólares por mamar penes, y tras asegurarnos mutuamente que ninguno de los dos era agente encubierto, me lo llevé al callejón, tomé su billete, y él se bajó los pantalones y la ropa interior. Su pene era más suculento que el de mi primera víctima, pero me contuve, ya que esta vez, mi víctima debía quedar viva y entera. Lo besé, hacíendome la ilusión de que era el de mi Ivor, y el "cliente" me apresuró, diciendo:

- Estoy seguro de que has visto vergas más sexys que la mía. Avanza y mámamelo, puta.

Ignoré el insulto, y me puse a trabajar. Rodeé su pene con mis labios y fui bajando hasta que su cabeza tocó mi garganta. Luego subí y bajé de nuevo. Logré un ritmo que le agradó, porque el hombre gemía y movía sus caderas al compás de mi mamada. Pronto su voz aumentó de tono y sus rodillas se debilitaron, pero alcanzó a impeler todo su pene hacia mi garganta. Una mujer mortal se habría asfixiado, pero yo flexioné mi cuello y recibí su primer chorro directamente en mi estómago, y poco a poco, exprimí con mis labios y lengua para saborear los residuos, a medida que su erección flaqueó. Me sentí vigorizada, y reconocí el sabor: el monje segregó la sustancia cuando le mordí su órgano, y un vigor portentoso llenó mi ser. Dejé a mi proveedor apoyado contra la pared y salté lejos de allí. Hasta me elevé por los aires hasta llegar al refugio que mi clan ocupaba para esta época. Respiré profundo para serenarme, y que nadie se percatara del cambio que se operó en mí. Me sentí un poco culpable de mi infidelidad hacia Ivor, y hasta estaba consciente de que él sospecharía que yo habría cometido alguna travesura, hasta llegaría a pensar que probé sangre humana de nuevo. ¡Pero si yo fui quien lo convenció de dejarla...! en fin, no me dejé ver por él esa noche, y ya a la próxima, el efecto había desaparecido. Lo único que se pudo notar era que yo rejuvenecí un poco.

Pronto me pude reincorporar a servicio activo, como un soldado, demostrando más fortaleza y valentía que los demás. Al principio, lo aceptaron y confiaron mucho en mí, pero Ivor se preocupó de que yo pudiera retar su jefatura ante el clan. Una pequeña banda de delincuentes callejeros, armados con ametralladoras, trataron de tirotear la discoteca, pero mi equipo se anticipó y bloqueamos los balazos con nuestros propios cuerpos, y los vampiros en cuyos cuerpos no quedaron balas alojadas persiguieron al vehículo, dejándome a cargo de los caídos. Yo succioné las balas o las extraje con mis uñas y colmillos, primero, en mi propio cuerpo, y luego, en los de los camaradas. Al ver que éstos se restablecían, los dejé para que regresaran solos y salí en auxilio de los que se me adelantaron, pero antes, busqué mi "espinaca" en un mortal "nerd" al que le hice eyacular muy aprisa. Vi cómo caían mis hermanos, ante el fuego enemigo, y hasta el cabecilla apuñaleó a uno de los míos, incapacitándolo. Enfrenté a los disparos, que ya ni cosquillas me hacían. Vapuleé a mis atacantes como a muñecos de trapo y maté al pandillero mayor con mis propias manos. Cuando todo quedó en calma, mi cuerpo mismo expulsó las balas, y yo misma ayudé a mis amigos a levantarse y huir. Ivor sospechó pero reconoció que su vida estuvo en mis manos, así que no me condenó. El incidente no se investigó, ya que nuestros auspiciadores humanos tenían influencia ante las autoridades.

Yo caí en una especie de adicción, aún peor que las drogas o el alcohol para los mortales o la sangre humana en mi raza. Trabajé como prostituta, y cuando servía como guardaespaldas, tuve sexo con mis clientes. Las pocas veces que no bebí su semen, sentí algo interesante: sobre nuestra piel o dentro de nuestros orificios, el fluido se convertía en un bálsamo que sanaba nuestras heridas y nos devolvía la lozanía; así ya yo me podía mover entre los mortales sin que notaran algo raro en mí. Me era difícil refrenar mi ímpetu en el combate, pero nunca me permití lastimar a un mortal o vampiro aliado. Solamente desencadené mi furia contra clanes que amenazaron la paz que mi grupo estableció con los caminantes diurnos.

Un incidente extraño fue que un joven me quiso reciprocar el sexo oral, y al sentir mi orgasmo, le llené el rostro de sangre. El saltó asqueado, escupiendo y gritando:

- ¡Pedazo de sucia! ¿Por qué no me advertiste que estabas en tu "período?"

Menos mal que lo confundió con menstruación, la cual naturalmente contiene sangre. El no se transformó, ya que el elixir en nuestra sangre ya se ha empobrecido. Al recordarlo, me resulta cómico.

Poco antes del amanecer, Ivor me interrogó:

- ¿Que habéis estado haciendo cuando os quedáis sola?

- Solamente observo, mi señor. Trato de anticipar los peligros...

Mentí y él ripostó:

- ¿Y por qué lucís tan bella y radiante?

- Es por el amor que siento por vos, mi señor.

Me mordió, y aunque yo era algo más fuerte que él, logró lastimarme. Ya no era un juego amatorio entre vampiros. Era para sacarme información directamente de mi sangre.

- ¡Habéis estado practicando orgías a mis espaldas! ¿Acaso creíais que yo no me daría cuenta? ¡Estoy familiarizado con todos los ritos abominables de la antigüedad! ¡Yo los viví siglos antes de que vos naciérais! ¡Lo que es más: estas prácticas nos anteceden por milenios! ¡Las aprendísteis de Gorath, mi enemigo!

- ¡Perdonadme, mi amo, mi amado dueño! ¡Pensé que ayudaba mejor a que sobrevivamos, además, no le hago daño a nadie, al contrario, los complazco mucho!

- ¡Traidora, adúltera! ¡Vos no me amáis, sólo os gratificáis a vos misma! ¡Ahora mismo quedáis expulsada del clan!

Los demás hermanos vinieron a ver de qué se trataba el alboroto que Ivor armó. El les explicó:

- ¡Esta infiel ha puesto en peligro la seguridad de nuestra cofradía! ¡Es más, debe morir!

- ¡Debe morir, debe morir, Kira debe morir!

Corearon los hermanos, ya sea por fidelidad ciega a Ivor o por cobardía. Yo tampoco supe resistirme a la sentencia, y me dejé llevar. Ellos me desnudaron y me cargaron en hombros, tomándome por mis brazos y piernas como los católicos cargan una cruz en sus procesiones. Me ataron a una azotea, y se ocultaron antes que los primeros rayos me tocaran. El dolor era mucho mayor que lo que imaginé y pronto el sol me deslumbró. Pasé muchas horas, ya sin fuerzas para gritar, y ninguna postura me permitía aliviarme. Sufrí más que en la Inquisición y aluciné. Ni siquiera sentiría el alivio de un desmayo. Al atardecer, dejé de sentir el sol candente, y aunque el dolor estaba próximo a pasar, sentí mucha molestia. Pero sentí que alguien se acercó, y al tratar de suplicarle, me di cuenta de también haber perdido mi voz. Ese alguien me desató y hasta me cargó como a una criatura, sin rumbo fijo. Me depositó en algún lugar oscuro para que me repusiera, pero él o ella estaba muy consciente de que la oscuridad no bastaría para restablecerme por completo. Me dio a beber un poco de sangre, y me dejó sola. Terminé con la botella pero no podía buscar más y me frustré. Mi soledad y mi vulnerabilidad permitieron que los malos recuerdos me asaltaran, y aprecié mejor la clase de maldición que me aquejaba. Hasta palpé mi cuerpo y mi rostro y supe que ya no tenía ojos en mis órbitas, y lloré desesperadamente.

De pronto, alguien se acercó otra vez, pero no venía solo. Intuí que uno era vampiro y el otro era mortal. A éste lo colocaron desnudo frente a mí, pero no tuve fuerzas para mamar su pene. Apenas lo masturbé un poco, y el vampiro le ordenó:


- ¿Cuál es la mujer más sensual que conoces? Porque ella está ante ti. Ahora es tuya.

A pesar del terror que el varón sentía, pudo eyacular sobre mi cara, y la mayor parte de su semen entró en una de mis órbitas. Por arte de magia, me sentí mejor y hasta mi ojo se regeneró. Vi a Sergio, el vampiro que sufrió la puñalada del pandillero, pero al mortal no lo conocía. Estaba vendado. Mi benefactor lo sacó aprisa del cuarto, y me dio tiempo de explorar mi refugio. Era una guarida de reserva que se utilizaba en contadas ocasiones, cuando temíamos ser descubiertos en nuestro lugar de costumbre. Al poco rato, vino con otro hombre en las mismas condiciones, y mi amigo se aseguró de que, esta vez, el semen llenara mi otra órbita. Poco a poco, trajo más varones para que eyacularan sobre mí, y cuando yo estuve más fuerte y presentable, no los tenía que traer vendados, ya que yo volví a ser atractiva. Pasaron a meterme sus penes en boca, vagina y ano, para que yo quedara reconstituida por dentro y por fuera. Otros vampiros nos descubrieron, pero arrepentidos de haberme hecho pasar por tal tormento, se hicieron de la vista gorda. Ivor mismo volvió a mi lado, y me dijo:

- ¡Perdonadme, mi amor! Yo no tengo derecho a juzgaros, y mucho menos, a lastimaros. ¡Os amo!

Me abrazo, me besó, y tuvo sexo conmigo, entrando en contacto con el semen que yo no logré absorber. Fue magnífico, con la belleza combinada de mortal e inmortal, y lo perdoné al volver a sentir que lo amo. Prosiguió:

- Al veros así tan demacrada, me arrepentí y di órdenes de que se os administrara vuestra "medicina".

Supe que no era del todo cierto, pero al menos, no impidió que mi hermano me ayudara. Me volví hacia él y lo mordí, invitándolo a hacerme el amor. Ivor reaccionó con celos, pero yo le dije:

- Es lo justo.

Hice que Sergio se impregnara con otro poco de semen, y se puso eufórico mientras impulsaba su pene dentro de mi ano. Pero al terminar, se sintió avergonzado, especialmente ante la mirada severa de nuestro Maestro. Pero éste sonrió y le dijo:

- Gracias por abrirme los ojos.

- No fue nada, Maestro. Vuestra merced siempre podrá contar con mi lealtad.

En lo sucesivo, la prostitución fue incluida en las labores que hacíamos para el beneficio de los mortales. Al principio, solamente las mujeres tomábamos a los clientes y los varones nos protegían, pero éstos no estaban a la altura y nosotras tuvimos que defendernos solas, hasta haciendo turnos para guardia. Al desplazar a las prostitutas mortales, caímos en el desfavor de ciertos hampones. Pero aprovechamos para aconsejar a las mujeres de vida no tan alegre que abandonaran esas vidas llenas de vicio y soledad, y hasta las atemorizamos, poniéndonos demasiado demacradas tras tomar un poco de sol al atardecer.

Presentimos que un clan poderoso de vampiros nos retaría pronto y tuvimos que activar a los varones. El papel de homosexuales lo resintieron mucho, pero era la única manera de ponernos todos en forma para enfrentar la amenaza. Era como cuando chupábamos sangre humana. De mujeres, lo más rico en hormonas, además del fluido menstrual, era la orina de las embarazadas, la cual lamimos como perritos. Teníamos que despojarnos de toda vergüenza, porque en la batalla que se avecinaba, nos iba la vida a todos.

Comenzó una ola de asesinatos que confundió a las autoridades, pero para muestro grupo, el caso fue muy claro. Hasta uno de los mortales influyentes nos lo cuestionó, porque conocía nuestro secreto. Le aseguramos que no éramos responsables, así que redoblamos la vigilancia. Hasta adiestramos a algunos hombres de confianza para que observaran señales durante el día que indicaran la presencia de los clanes rivales. Los preparamos para que hallaran sus guaridas y los exterminaran mientras durmieran. Normalmente, nuestro código de honor nos prohíbe atacarnos cuando estamos vulnerables, pero por la forma tan despiadada que la pandilla de Gorath asesinaba, no había que darles tregua.

No logramos mucho progreso así, porque el clan enemigo vigilaba muy bien sus escondites. Procedimos a reforzar a las patrullas humanas, y así las pudimos penetrar, y al principio, nuestra fortaleza superior nos permitió importantes victorias, y ya no necesitamos asistencia humana, excepto para proteger nuestros propios refugios. Pero en las noches, notamos que los vampiros de Gorath eran más poderosos. Parecería que la sangre humana, especialmente cuando la víctima muere bajo mucho estrés, les daba toda la fuerza que nosotros buscábamos en tantas fuentes diversas.

La última batalla llegó, y nosotros éramos menos, pero ellos tampoco eran tantos. Los aventajábamos en agilidad y hasta en poderes hipnóticos, y así los confundimos para que se aniquilaran mutuamente. Pero Gorath hizo un conjuro y reagrupó a sus secuaces, y tomó ventaja nuevamente. Yo volé y otros me siguieron, y con maniobras aéreas, los fui atacando por puntos vulnerables, aprovechando el conocimiento de mi territorio.

Al final, quedábamos Sergio, Ivor y yo contra Gorath y cinco más. Luchamos sin importarnos la desventaja y hasta el dolor, y aún en dos contra uno, recuperamos el terreno perdido. Pero Sergio pereció, como sacrificándose para que Ivor y yo emboscáramos al puñado de traidores que quedaba. Solo fuimos Ivor y yo contra Gorath, y éste lo retó a un duelo de honor, así que yo solamente podía observar. Tras una breve pero encarnizada sesión de golpes, mordiscos y empujones, Gorath sacó un puñal y mató a mi Maestro. Aún después de sacárselo, Ivor agonizaba sin remedio. Yo ataqué a Gorath mientras éste se burlaba de su ex-discípulo, le quité su cuchillo y se lo hundí en el corazón. Mi enemigo se rió más sonoramente, y yo enfurecida, lo apuñalé repetidamente. Algo se quebró en la túnica del hechicero, y por primera vez, él registró dolor. Me di cuenta de que tenía un frasco con el antídoto del vampirismo, pero al romperlo, no pude obligarlo a que lo ingiriera. Pero el daño estaba hecho, porque el arma se reimpregnó en el veneno, que por sus múltiples heridas se introdujo en su cuerpo de todos modos. Cuando el vampiro murió, su verdadera edad se reveló y se disolvió en una polvareda.

Yo quedé sola, la última vampira en la tierra, y a medida que veía de nuevo a los que habían caído, los encontré en avanzado estado de putrefacción. Por primera vez en más de medio milenio, sentí mucho asco. Cuando se me pasó la impresión, lloré a mi clan mientras enterraba o cremaba sus restos. También me encargué de hacer desaparecer los cadáveres de nuestros rivales, aunque algunos se desmembraban al contacto. Me tomó varias noches limpiar el desorden.

Consideré formar un nuevo clan, pero no me pareció justo esparcir de nuevo mi maldición, por más que creyera que haría un favor a un mortal en desgracia. Los conocimientos acerca de brebajes no me quedaban tan claros, así que tampoco supe cómo revertir el efecto de la toxina. En mi vida nocturna posterior, ya no quise trabajar en vigilancia porque ya tuve bastante violencia para toda una vida. Lo único que me quedó fue la prostitución. El semen me daba mucho placer pero no me nutría. Pero yo tampoco quise probar más la sangre, ni siquiera la de animales. Aprendí de nuevo a comer como una mortal, y si yo no fuese una vampiresa, habría engordado.

Me fui despidiendo de los influyentes de quienes tanto dependí, junto con mi clan, y aprendí a valerme por mí misma. Desempeñe diversos trabajos nocturnos, y pronto conocí a un mortal muy atractivo. Su nombre es Javier. Nos enamoramos, y una vez, después de hacerle la felación, le revelé mi secreto. El se horrorizó y se alejó por algún tiempo. Yo lo busqué, ya que la vida sin él perdió todo sentido. A veces, me esquivó y hasta me mandó al carajo, pero finalmente, decidió tener una conversación conmigo. En ese reencuentro, me dijo:

- Lo pensé bien, y sé que no ha sido tu culpa. Volveré contigo, si me prometes que no chuparás mi sangre.

- Lo juro. Es más, ya yo no la ingiero.

Me abrazó y me besó, y al llegar a su apartamento, nos hicimos el amor, la cual culminé bebiendo su semen. Le confesé:

- Tu esencia es la más sabrosa que yo haya probado. ¿Sabes por qué? Porque es la esencia de tu amor. ¡Te amo!

- Yo te amo a ti, a pesar de lo que hayas sido en el pasado.

Fuimos felices, aún a pesar de que nuestro tiempo juntos se redujo. El obtuvo un ascenso en su empleo y su horario se volvió diurno, pero yo nunca pude tolerar la luz diurna. Lo bueno fue que él se levantaba poco antes del amanecer, y eso nos daba tiempo para una breve pero intensa sesión sexual antes de que partiera hacia su oficina. Al llegar en las tardes o noches, yo lo esperaba para recibirlo, además de con su cena y un beso, con una mamada que nos revitalizaba a ambos por igual. Al menos, podíamos compartir los fines de semana, para ir juntos a fiestas, teatros, o simplemente, quedarnos en casa para una maratón sexual, durante las cuales, lo sentí como un clan de un solo hombre. Al pasar los años, yo dejé de eyacular sangre durante mis orgasmos, ni siquiera tuve menstruación, y ya no había peligro de que él se vampirizara si entraba en contacto con mis secreciones. Nunca tuvimos hijos. Javier comenzó a padecer condiciones propias de una edad avanzada. Yo envejecía a un ritmo menor, por mi naturaleza y porque comencé a experimentar con algunas pócimas. Sabía cómo reconstituir el elixir, pero no usé todos los ingredientes para no morir.

Al llegarle la edad para el retiro, poseíamos un pequeño terreno en el campo, alejados de la civilización y la tecnología. Ahora lo tenía a mi lado veinticuatro horas, pero la lucha constante contra mi instinto tenebroso me impedía ser feliz con él. Una vez, me vio cavando un gran foso en el jardín, y me preguntó:

- ¿Qué haces?

No supe responderle, para no mentirle. El se molestó, porque sospechó que yo volvería a las andadas. Me regañó y yo me sentí como una niña, pero nada dije. Sufrió un infarto fulminante y me sentí muy culpable. Lo que yo cavaba era una fosa en la cual ser enterrada, porque tomé la decisión de completar la fórmula para el veneno contra los vampiros, y suicidarme para devolverle su libertad. Ahora lo deposité en ella, preparé la poción, trabajando de noche y de día. Volví a la fosa, clavé mis dientes en su vesícula seminal, como dándome un trago para armarme de valor y apliqué el veneno en el puñal ceremonial con el cual tantos de los míos perecieron, y me lo hundí en el corazón. En mi agonía, arrastré tanta tierra sobre nuestros cuerpos como pude, y me acurruqué junto al último amor de mi vida para esperar el final.

16/02/07

Historia Erotica: Sexo en Grupo Historias: Más Que Amigas

¿Dónde se habían metido las chicas? Allí estaba mi marido con sus amigos, hablando de sus cosas y sin hacerme ni caso, como siempre. Pero no se veía a ninguna de las mujeres de sus amigos. Me levanté y empecé a buscarlas. No estaban en la cocina, así que empecé a recorrer las habitaciones de aquella gran casa. Casi al final del largo pasillo, tras una puerta cerrada, encontré algo que nunca hubiera imaginado, y que después de abrirla cambió mi vida para siempre, en un sentido muy placentero. Allí era donde estaban las mujeres de los amigos de mi marido.Alicia estaba desnuda y tumbada en la cama, a la parte de abajo, de forma que los pies le colgaban hasta el suelo. Natalia, desnuda también, estaba sentada en la cama y besando a Alicia en la boca. Olivia, de rodillas a los pies de la cama, en bragas y sujetador, tenía la cara metida entre las piernas abiertas de Alicia. Me quedé un segundo paralizada, mientras las tres se giraban al oir la puerta, y sólo acerté a decir "perdón". Ya me estaba dando la vuelta para salir, cuando las tres se levantaron y me sujetaron. "No te preocupes, esto lo hacemos siempre que los chicos se reunen, para no aburrirnos. Precisamente estábamos buscando la forma de decírtelo suavemente para que no te escandalizaras, porque no sabíamos cómo te lo ibas a tomar. Bien, ahora ya nos has visto. Ya sabes lo que hacemos. Ahora nos gustaría que te unieras a nosotras."Con la boca abierta por la sorpresa, sólo acerté a decir que sí con la cabeza. ¡Qué buenas estaban! Nunca había podido verlas desnudas, aunque me las había imaginado bastante acertadamente. Más de una vez me había masturbado por las noches pensando en ellas. Ahora las tenía delante de mí y me las iba a follar. Alicia y Natalia empezaron a desnudarme, y yo las ayudé torpemente, todavía aturdida por la sorpresa. Olivia había aprovechado para quitarse el sujetador, enseñándome unos pechos bastante más grandes y sobre todo redondos que los que yo le suponía, y estaba ahora bajándose las bragas. En ese momento se abrió la puerta y entró María José. "Kira, ¿estás aquí? ¡Qué bien!" Empezó a desnudarse, diciendo que había estado buscando la ocasión de entrarle a Begoña, pero no había encontrado el momento. Así que Begoña tampoco estaba en el ajo... Vaya, con lo buena que está, tan jovencita, con esos enormes pechos, ese culo tan estupendo y esos labios que dan ganas de comérselos... ¿Y Esther e Inma, también serían tan putitas como estas?Cómo si hubieran escuchado mi pregunta, ambas entraron en el cuarto, ya desnudas y un poco sudorosas. "Estábamos en la habitación de al lado y nos ha parecido oir ruido. ¿Qué pasa aquí?" "Que Kira se ha unido a nosotras." "Pues vamos a follárnosla", dijo Inma, y se agachó para bajarme las bragas, que era lo único que me quedaba puesto. Desde abajo, mientras yo levantaba los pies para que ella sacara la braguita, que se llevó inmediatamente a la nariz, me dirigió una mirada que no dejaba lugar a dudas. Inma, como yo suponía, tenía que ser una caña.Allí estaba yo, de pie, desnuda y rodeada por las seis mujeres de los amigos de mi marido, también desnudas y desde luego calientes. Entre todas me tumbaron en el suelo, que era de parqué, y acto seguido se abalanzaron sobre mí. La primera que se sentó sobre mi cara fue Esther. Su coño, ya chorreando, se apretó contra mi boca. Sin dudarlo un momento, le metí la lengua todo lo que pude. ¡Estaba tan jugoso! Al mismo tiempo, noté que ella se inclinaba sobre mi coño, apoyando sus enormes pechos contra mi vientre, y empezaba a lamer mi clítoris. Me abría los labios con las manos y me sacudía el clítoris con fuertes lenguetazos. Desde luego, su lengua estaba entrenada; se ve que comía coños con mucha frecuencia. Seguramente, los coños de las demás amigas ¿Serían todas igual de zorras? Yo me iba acercando al orgasmo, así que le seguí comiendo el coño cada vez con más ganas, pasándole la lengua por el filo de los labios y titilando su pequeño clítoris. A Esther también le gustaba lo que yo le hacía, pues de vez en cuando dejaba de lamerme para soltar unos gemidos de lo más escandaloso.Vi que Inma acercaba su cara a la mía. ¿Qué quería? Inmediatamente lo entendí, en cuanto Inma puso su barbilla casi sobre mi nariz y le metió la lengua a Esther por el agujerito del culo. Esther reaccionó cerrando su coño contra mi lengua y lanzando un gritito de placer. Yo ya estaba a punto de correrme, cuando vi que, por detrás de Inma, Olivia se ponía también a cuatro patas y empezaba a pasarle la lengua por la raja del coño, de abajo a arriba. ¡Cómo me puso aquello! Estaba viendo, boca abajo, los pechitos de Inma colgando, la barbilla brillante de Olivia un poco más atrás, tras la fina matita de pelos del coño de Inma, y, al fondo, los grandes y redondos pechos de Olivia colgando y bamboleándose. Sentí que Esther me metía un dedo en el coño, a la vez que la lengua, y luego lo sacaba mientras me seguía chupando y lamiendo, cada vez más excitada por lo que Inma le estaba haciendo a su culito. Y entonces, sin avisar, Esther me metió el dedo en el culo.¡Ufffff! Como no me lo había ensalivado, me hizo un poco de daño; por suerte, el dedo estaba bien lubricado por el líquido vaginal y lo pudo meter sin problemas. Metió solamente la puntita, solamente hasta la segunda falange, pero fue suficiente. El orgasmo que se había estado construyendo en mi coño durante tanto rato explotó finalmente, convulsionando todo mi cuerpo. Quise gritar de placer, hacerle saber a Esther lo que había conseguido hacer conmigo. No me fue posible porque Esther, en ese mismo instante, espachurró su coño contra mi boca al tiempo que aullaba como una perra. Su corrida, espesa y sabrosa, me llenó la boca y me cubrió desde la nariz hasta la barbilla conforme ella se iba agitando en las sucesivas oleadas de placer.Inma no había sacado la lengua del culo de Esther mientras esta se corría, pero tuvo que hacerlo cuando fue ella misma la que se corrió por efecto de la comida de coño que le estaba haciendo Olivia. Sin embargo, no gritó, sólo soltó unos gemidos apagados como los de un gatito y se dejó caer de lado, rodando por la habitación. Entonces me di cuenta de que Esther ya se había levantado, y la vi ir hacia la cama a reunirse con Alicia y Natalia, que estaban continuando lo que probablemente iban a hacer cuando las interrumpí al entrar. Natalia se estaba dando la vuelta para acomodar sus piernas alrededor de la cara de Alicia, y Esther hizo lo propio con su prima, al tiempo que Olivia recuperaba su posición en el coño de Alicia y le ofrecía el suyo a Esther. Seguro que iba a disfrutar, porque Esther era una comedora de coños de primera.No pude ver lo que pasó porque una mano me giró la cara y orientó mi boca hacia el coño, bastante peludo, que bajaba hacia mí. Era Maria José. Como se había sentado de cara, podía ver sus pechos, no muy grandes pero sí bien formados. Su coño también estaba muy jugoso, con un sabor fuerte y delicioso. Me entregué de lleno a la tarea de hacerla gozar, primero pasándole la lengua con suavidad a lo largo de los labios, punteando con más fuerza en la comisura inferior y alrededor del clítoris, que era más grandecito que el de Esther, y luego, a medida que ella se iba abandonando en mi boca, chupándole el clitóris con los labios y metiéndole por último la lengua hasta el fondo. Mis esfuerzos no fueron vanos. La morenita empezó a gemir como si le doliera, sobre todo cuando le succionaba el clítoris. Un jugo cada vez más abundante me iba llenando la boca, y de vez en cuando notaba que su cuerpo se estremecía levemente. Tuve que hacer un esfuerzo para levantar sus nalgas con mis manos y poderle preguntar "¿te gusta?" "Síiiiiii", me dijo, "síiiiiiiii, no pares, sigue, sigue, así, así, más..." y luego "por favor, Kira, por favor, pellízcame los pezones, por favor". Así lo hice, y casi al instante María José se estremeció un poquito más fuerte. Y yo seguí y seguí, y ella siguió con aquella serie aparentemente infinita de orgasmos, sin apenas reducir su nivel de excitación, sin agotarse jamás, con aquel estremecemiento que denotaba el enorme placer que sentía su pequeño cuerpecito. ¡Y yo que me creía multiorgásmica! Esto sí que era durar. Al principio intenté llevar la cuenta, pero en el úndecimo orgasmo de María José me desconté. Y aún estuvimos así mucho más rato, y aún se corrió muchas más veces. Yo ya casi había perdido la noción del tiempo, abandonada como estaba a la tarea de dar placer a mi amiga, cuando sentí de pronto que me metían algo duro por el culo.¡Mi madre! Y no era un dedo, ya lo creo que no. Era más duro y mucho más gordo. Estaba frío y, afortunadamente, bien lubricado. ¡Inma, claro! Se había recuperado de su intensísima corrida y había ido a la otra habitación a buscar un juguetito. Lo metía con mucha suavidad, y no tardó en vencer la resistencia inicial que oponía mi esfinter. Una vez metida la punta, ya no tuvo mayor dificultad para meterlo todo. Era tan largo como el pene de mi marido, aunque un poco menos grueso. Sin embargo, el pensar que era Inma, precisamente Inma, la que me lo estaba metiendo, hizo que casi me volviera loca de gusto. Ella debió de notar algo, porque emitió un gruñido de aprobación y se puso a meterlo y a sacarlo, despacito al principio, y luego más rápido, cada vez más rápido. El coño me ardía y deseaba que me lo comiera o que me metiera también algo; pero no tenía otra forma de decírselo que abrir escándalosamente mis piernas. Mi lengua estaba en el coño de María José, mis dedos en sus pezones, y no me parecía bien quitarlos de allí hasta que la chica acabara de correrse, si es que acababa alguna vez.Las que sí parecían querer un descanso eran las de la cama, que ahora estaban alrededor nuestro mirando con interés lo que Inma me hacía. Alicia se sentó en el suelo junto a ella y le metió la mano en la entrepierna. Esther y Olivia me cogieron cada una de una pierna y me las abrieron todo lo posible, hasta llegar a un punto en que me dolía. Natalia debía de estar ya disponiéndose a comerme el coño, que era lo que yo más deseaba en ese momento, cuando oí la voz de Inma que decía "espera un poco, Natalia, quiero que se corra solamente por el culo", a la vez que aceleraba el ritmo de su follada. "Inma, tu sabes que eso lleva un buen rato, y aquí todas queremos tirarnos a Kira." "Pero bien que os gustó a todas cuando os lo hice. Acordaos de María José, que fue la última, acordaos de cómo disfrutó, la muy puta." Entonces, quizá al oir esas palabras y recordar lo que evocaban, María José se estremeció más fuerte y más largamente sobre mi boca, y un chorro delicioso y abundante (y verdaderamente increible teniendo en cuenta todo lo que ya había fluido de su coño en tantísimo rato) inundó mi boca. Esto acabó de obrar el milagro. El consolador de Inma pareció de repente cobrar vida y un calor intenso y muy placentero se fue generando en mi culo, primero en el esfínter y luego irradiándose hacia dentro del ano y extendiéndose hacia mi coño y hacia todo mi cuerpo, que se movía por dentro y por fuera al ritmo que me marcaba aquella pequeña obsesa anal. Ya no había marcha atrás. La sensación fue creciendo poco a poco, hundiéndome cada vez más en mi placer y levantándome cada vez más sobre el borde del orgasmo más increible que había tenido en mi vida y que finalmente estalló delante de mis seis atónitas amigas.Recuerdo que fue la lengua de Natalia, tan experta como cabía esperar de ella, la que me devolvío a la noción de la realidad. Mi corrida había sido tan brutal que durante unos momentos me quedé inconsciente. El despertar no podía haber sido más placentero, con Natalia comiéndose mi coño y mi abierto culito y Olivia y Esther chupándome los pezones. "Mira, ya se despierta", oí decir a María José con una voz que también parecía volver de muy lejos. En la cama se veía a Inma espatarrada y a Alicia metiéndole la mano, no se si toda, en el coño. El chapoteo llenaba la habitación, más fuerte inclusos que los apagados quejidos de Inma.Tras haber conseguido reanimarme, Natalia levantó su cara de mi coño. "¿Qué prefieres, que te meta un consolador o que hagamos una tortilla?" "¿El mismo consolador que me ha metido Inma?" "Tenemos otro un poco más corto, pero bastante más gordo. A lo mejor para el coño prefieres ese." "Prefiero la tortilla". "Yo también", dijo Natalia, y se sentó en el suelo enfrente de mí, pasando una pierna por debajo de una de las mias y la otra por encíma de la otra mía. Cada una nos ladeamos en un sentido, de forma que nuestros coños quedaron bien encarados, y nos aproximamos hasta que los labios se besaron. Despacito, muy despacito, empezamos a restregarnos, separándonos levemente y volviéndonos a unir, frotándonos arriba y abajo, deslizándo nuestros coños sobre el líquido que ya empezaba a gotear de nuestras entrepiernas. La sensación era incomparable, lo más excitante, delicioso, placentero y rico que se pueda imaginar. Natalia gemía cada vez más fuerte, hasta el punto de que el gusto que mi coño le proporcionaba le impidió seguir apoyándose en los codos para mirarme a los ojos (que era lo que más cachonda me ponía, pues veía como se iban cerrando conforme aumentaba su placer) y tuvo que tumbarse sobre su espalda. No pudo gemir más porque su prima Esther aprovechó la ocasión y se sentó sobre su cara, exáctamente igual que había hecho antes conmigo. Ahora era Esther la que me miraba, ahora ella era la que escudriñaba la alteración que el incipiente orgasmo provocaba en mis facciones. "Natalia fue la primera chica que me follé, cuando todavía eramos casi unas niñas. Y luego fuimos nosotras la que introdujimos estos jueguecitos en la pandilla, aunque Alicia también se había follado ya a Olivia, pero lo mantenían en secreto." "Qué tontas", dije yo, "mira que no compartirlo, con lo bueno que es estoooo..." No pude acabar la frase porque me corrí. El coño de Natalia acababa de reventar entre mis piernas, y esto bastó para provocar mi propia corrida, que añadió aún más líquido al charco que ya se había formado.Sin darme tiempo a reaccionar, Olivia me cogió de las piernas, que apenas estaban separándose de las de Natalia, y me giró, haciendo deslizar mi culo sobre el suelo mojado. Cuando me tuvo encarada, se sentó en el suelo y entrecruzó sus piernas con las mías. "Con que tonta, eh. Ahora verás lo que es follar." Olivia empezó a moverse con más fuerza y rapidez que Natalia, lo que no fue problema para mi lubricadísimo coño. Me sorprendió que fuera tan salvaje, porque me la imaginaba más modosita, pero no puedo negar que me gustó descubrir su faceta más lujuriosa. A medida que se iba excitando, no sólo aumentaba la velocidad del frotamiento sino también la intensidad de los gritos, hasta el punto de que temí que los chicos nos oyeran. "Pero no", pensé, "están al otro extremo de la casa y muy ocupados con sus tonterías." Olivia le pidió a Esther y a Natalia, llamándolas putas y no sé cuantas cosas más, que le chuparan los pezones, increiblemente tiesos. Aquellas no se hicieron de rogar, y Olivia se lo agradeció gritando aún más fuerte y diciendo cosas aún más sucias.Si el coño de Natalia chorreaba, el de Olivia no se quedaba atrás. El líquido goteaba directamente al suelo o se nos deslizaba por las entrepiernas y hacia el agujero del culo. A María José, aquello debió parecerle un desperdicio, porque se las arregló para meter su lengua por debajo de nuestra tortilla y fue dando besos a los labios de nuestros coños, que a su vez se besaban cada vez más estrechamente, y lenguetazos a nuestros culitos, que los acogían con una contracción deliciosa. Entre el movimiento salvaje que el coño de Olivia le imprimía al mío y la comida de culo que alternativamente nos propinaba María José, las dos pudimos ver en los ojos de la otra que el final estaba cerca. Como puestas de acuerdo, aceleramos aún más el ritmo, y Olivia empezó a decir cosas que ya no tenían ni sentido. Entonces cada uno de mis pezones fue succionado por una boca, llevándome ya sin remisión a un orgasmo aún más brutal si cabe que los anteriores. Inma y Alicia, que ya habían terminado su juego hacía rato, decidieron que Olivia tenía ventaja sobre mí porque sus pezones estaban siendo chupados por dos zorritas expertas y que había que nivelar la balanza para que yo no me retrasara. Y tenían razón, pues Olivia también se corrió casi a la vez que yo, gritando ahora ya a pleno pulmón. María José tuvo muchísimo trabajo para recoger todo el jugo que chorreaba de nuestros palpitantes coños.Sin tiempo de darme cuenta, me encontré a Inma entre las piernas dispuesta a hacer otra tortilla. "Vamos allá", me dije a mí misma sin querer pensar en nada más. Inma empezó a moverse de forma distinta a las demás, intentando hacer como una especie de ventosa con nuestros coños y buscando sobre todo el frotamiento de un clítoris contra el otro. Sus labios eran más gruesos de lo normal, por lo que hacer una tortilla con ella resultaba especialmente agradable. Yo ya estaba cansada, por lo que no pude aguantarme sobre los codos, aunque ver su lúbrica mirada fija en la mía me excitaba muchísimo, y me dejé caer sobre la espalda. Antes de que el coño de Natalia me tapara la visión, pude ver que Inma también se tendía y que Olivia también se sentaba en su cara.El coño de Natalia era muy grande, de forma que me cabía toda la boca. Si hubiéramos estado en otra postura, me hubiera gustado meterle los dedos. Estaba casi segura de que le cabría toda la mano, y quién sabe si hasta el puño. Pero tuve que limitarme a chupar su enorme clítoris y a meterle la lengua lo más hondo que pude. Tampoco tuve tiempo de mucho más. El movimiento de Inma surtió efecto, y noté que el orgasmo era inminente. Intenté agarrarme a los pequeños, casi inexistente pechos de Natalia, y lo único que encontré fueron unos pezones muy salidos y muy duros. Los pellizqué con todas mis fuerzas a la vez que me corría contra el coño de Inma, que se agitaba como una posesa. Natalia se corrió en mi boca unos segundos después, tras emitir un sonido ronco, profundo, muy prolongado.Yo ya estaba al borde de la extenuación. Cuando Natalia se levantó de mi cara, iba a pedir que me dejaran descansar; pero lo que vi me hizo callar. En el puesto de Inma se había puesto ahora Alicia. ¡Alicia! Con sus grandes pechos, absolutamente perfectos, y con su culo tan lleno y tan deseable. ¡Cuántas veces me había situado detrás de ella para subir una escalera y me había contenido para no alargar las manos y coger aquellas soberbias nalgas! Ahora la tenía ahí, abierta de piernas frente a mí y con su coño sonrosado a punto de chocar contra el mío. No me pude aguantar. Mientras nuestros coños empezaban a besarse, a frotarse, a restregarse, a espachurrarse, llevándonos a las dos a un lugar apartado, ajenas a las otras cinco hembras que nos estaban tocando o lamiendo, o tocándose y lamiéndose entre sí, tuve que decírselo. "Alicia, tú eres la que más me gusta. Todas me gustan, todas; pero tú eres la que más." "Ay, Kira, tú también me has gustado desde el primer momento en que te vi, y no veía el momento de contarte nuestro secreto. Si yo hubiera sabido que tú querías follarme a mí tanto como yo quería follarte a ti..." "Fóllame, Alicia, fóllame, quiero ser tu puta, quiero ser sólo tuya..."Nunca creí que tuviera tanto aguante. Después de hacer tres tortillas, los músculos de la pelvis debieran haber estado totalmente agotados. Y, sin embargo, la cuarta resultó ser la mejor, la más salvaje, la más bestial, la más dulce, la más gloriosa. No sé cuánto tardamos en corrernos. Sólo sé que nos corrimos a la vez, y que desde ese momento hay entre Alicia y yo una relación tan estrecha como el abrazo que se dieron nuestros dos coños hambrientos y humedísimos.Lo que pasó después lo recuerdo como en sueños. Me comí muchos coños muy jugosos, y muchas bocas jugosas se comieron mi coño. Recuerdo, eso sí, que en un momento dado encontré un consolador. No era el que me había metido Inma, que era más fino. Este era el otro, el más grueso, casi tanto como el pene de mi marido, aunque un poco menos largo. Lo olí. Olía sólo a coño, no a culo. Lo chupé. Entonces levanté la mirada y vi que Alicia se estaba arrodillando de espaldas a mí y que metía la cara entre las piernas de no sé quién. Allí estaba, ofreciéndome su coño, de un brillante color rosa, de un aroma exquisito que percibí apenas me acerque a ella para besarlo, para lamerlo, para chuparlo, para morderlo, para comérmelo entero. ¿Qué fue, entonces, lo que me movió a no lamerle el coño, sino el agujerito oscuro y redondo del ano; a no pasar la punta del consolador gordo alrededor de su clítoris, sino a apoyarla y presionar levemente sobre su ano ahora ya palpitante; a no metérselo (despacio, muy despacio, primero la puntita, viendo como ella se dilata poquito a poquito, poquito a poquito, escuchando como ella gime de dolor y de placer, de dolor, de placer, y después, todo seguido, sin pararse ni acelerar, lo demás, todo, hasta el fondo), a no meter, digo, aquel consolador tan gordo en el expectante coñito de Alicia, sino en su culo?

10/01/07

Historia Interracial: Cafe con Leche

..Me olvide que Susana, mi hija, estaba de cumpleaños mañana y que aun me faltaban algunos regalos y detalles de la fiesta.... Me olvide que un Juez me había invitado a cenar hacia una semana al saber que mi matrimonio pasaba por un mal momento.... Me olvide que el me deseaba y que en sus ojos se veían sus atrevidas intenciones.... Me olvide que a mis 37 años de edad mi cuerpo lucia aun joven y atractivo y mi largo cabello negro atraía la atención..En ese momento lo único que surcaba en mi mente era que nos dábamos una segunda oportunidad con mi esposo para mejorar la relación que teníamos a lo largo de estos 11 años de matrimonio. Lo amo y estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por mantenerlo a gusto.Horacio, el entrenador del gimnasio, me recuerda quien soy y donde me encuentro. Abrí los ojos y vi los trofeos ganados por el a lo largo de su carrera como fisicoculturista. Mis piernas completamente abiertas y mi cuerpo desnudo boca arriba soportan su peso. Mis brazos abrazan su voluminosa espalda y sus duros músculos me recuerdan que Horacio es un dedicado deportista. Mis tetas, aplastadas entre nuestros cuerpos, son mudo testigo de como el esposo de Maria Fernanda me hace el amor. Acostada encima del cómodo tapete de la sala, con Horacio meciendo su abdomen sobre el mió, siento como su inmensa verga se sacude deliciosamente dentro de mi sexo. Su moreno cuerpo es un ejemplo de una moldeada figura masculina de un hombre de raza negraMis gemidos no eran los únicos que se escuchaban en la sala. Volteo mi cabeza y veo a Maria Fernanda, mi mejor amiga. Su espectacular y atlético cuerpo desnudo en posición doggy, recibe los sacudones del cuerpo de mi esposo quien por detrás de ella aferrado a su cintura le clava su verga dentro de su sexo. Maria Fernanda es una sensacional morena que conocí hace 5 años en el gimnasio al cual voy en las noches. Desde entonces ella se convirtió en mi amiga y confidente. Su cuerpo color ébano me recuerda las figuras atléticas de las mujeres africanas. Ella es alta y esbelta y forman junto con su esposo, una bella pareja a pesar de que aun no tienen hijos.En casa de ellos decidimos esa tarde intercambiar nuestros roles. Éramos una pareja de principios y como una familia normal seguíamos adelante pero pasábamos por un mal momento en nuestro matrimonio así que decidimos intentar algo diferente. Queríamos oxigenar nuestra relación con algo nuevo. Queríamos experimentar y descubrir lo que había oculto entre nosotros.Dias antes le conté a Maria Fernanda de las tensas relaciones de nuestro matrimonio y le hice saber además de la atrevida propuesta de un Juez amigo, en la que atraído por mi cuerpo, me ofrecía una posición laboral dentro de la Comisión General de Jueces a cambio de una noche de sexo con el.Maria Fernanda, como lo hacen las buenas amigas, me dio una idea y decidí aceptar su propuesta y su reto. Luciendo cortas faldas ese día decidimos darle gusto a nuestros adorados esposos y compartir nuestros cuerpos con ellos. Decidimos romper los esquemas y explorar nuevas sensaciones.Después de un suculento almuerzo, Horacio me tomo de la mano y me empezó a desnudar en la sala. Lo propio hizo mi esposo Jairo con Maria Fernanda. Jairo, de 40 años, Juez penal y de criminalistica, atraído por el hermoso cuerpo de Maria Fernanda había aceptado que yo tuviera sexo con Horacio, mi entrenador personal del gimnasio mientras el hacia realidad el sueño de muchos en el gym, como lo era clavar el trasero de Maria Fernanda en posición doggy.En ese momento, por mi mente lo único que pasaba era la sensación intensa de placer que me propiciaba tener dentro de mi sexo los 20 o 22 centímetros de la fabulosa verga de Horacio. Su negro pene se mecía vigorosamente dentro de mi vagina y yo sentía que me iba a venir en cualquier momento.5 años de leyes en la universidad, un post-grado en USA, estudios disciplinarios en Europa, una exitosa carrera profesional como Juez y Magistrada, y una excelente madre y dedicada ama de casa no justificaban mi vocabulario, pero sorpresivamente fue mi cuerpo el que hablo:-"Horacio... tu verga... es una delicia.. arghhh.. dame duro... no te detengas.. arghhh".La cadencia con la que el esposo de Maria Fernanda me clavaba había aumentado y yo estaba a solo segundos de llegar al clímax. Y por supuesto no quería que el detuviera sus movimientos.Solo tuve fuerzas para voltear a mirar a Jairo, mi esposo, y mientras infructuosamente trataba de decirle que lo amaba, una agradable sensación recorrió mi cuerpo. De pies a cabeza sentí como a mi 35 años, con una hermosa hija de 9 años de edad próxima a cumplir los 10 y con una exitosa carrera profesional como abogada, un formidable orgasmo cubría mi cuerpo y con un dulce gemido mi boca lo expresaba abiertamente sin pena mientras que abrazaba fuertemente el cuerpo de Horacio tratando de estrangularlo sin éxito pero dándole a entender que gracias a su fantástico coño, me había venido.Casi de inmediato, mientras yo solo veía estrellas y luces radiantes por toda la sala, Horacio, con su grito y su quejido, les aviso a su esposa y mi esposo que se venia dentro de mi. Con su increíble empujón, el me hizo saber que su verga acababa de explotar dentro de mi sexo entregándome a chorros su calido semen.Cerré los ojos y disfrute del orgasmo y los volví a abrir cuando el cuerpo de Horacio dejo de sacudirse encima mió. Su verga termino de escupir toda la carga de su blanco esperma y ahora cambiaba de objetivo. Sacándome su coño de mi vagina, Horacio me pidió que me volteara y en posición perrito colocara mis manos y recostara mi cabeza sobre la silla. Sin dudarlo un instante, me abrió las nalgas y me hundió lentamente su deliciosa verga dentro de mi ano. Por primera vez tenia sexo con un hombre moreno y no podía dejar de pasar la oportunidad de sentir y disfrutar como su negro coño se hundía dentro de mi trasero. había sido previamente lubricada con gel así que mi mente estaba preparada sicológicamente para ese salvaje encuentro sexual y mi culo reunía las condiciones para recibir su verga.Mientras la verga de Horacio se hundía lentamente dentro de mi culo, Jairo y Maria Fernanda llegaban al orgasmo. No me importo escuchar sus gemidos ni sentí celos de mi esposo. En ese momento mi mente solo tenía un objetivo: disfrutar del negro y largo coño de un hombre de raza morena.24 horas mas tarde estábamos reunidos con los amiguitos de Paula y sus padres de familia. Celebrando sus 10 años de edad, Paula dichosa destapaba sus regalos y gritaba de alegría al ver los que le habían regalado. Jairo y yo dichosos reíamos y nos divertíamos al ver su alegría. Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera los tres magistrados de la republica que nos acompañaban esa tarde, ni los padres de los otros niños se pudieran haber imaginado que nosotros, los ejemplares padres de Paula, habíamos recibido la tarde anterior un regalo aun más especial.